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Publicación semanal El Periódico

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Universidad e innovación


Por Roberto Moreno Godoy

“Caminando por los silenciosos salones de clase este verano, me percaté de una situación peculiar. A medida que pasaba enfrente de las aulas, me di cuenta que la voz que emanaba del salón era la del profesor. Raramente escuché voces de los estudiantes. En un día en particular pasé frente al mismo salón en tres momentos diferentes, con tres profesores distintos, y cada vez tuve que asomarme para ver si había estudiantes adentro. Como sucede frecuentemente cuando tengo un minuto para reflexionar, me hizo pensar sobre mi propio comportamiento de aula. ¿Con qué frecuencia escucho las voces de mis estudiantes?” Donna Qualters

Confieso que una de las tareas que más disfruto en la vida es la docencia, aunque caí en este campo de pura carambola. Recién graduado del colegio y próximo a comenzar la universidad, uno de mis profesores me preguntó si quería trabajar unas horas como auxiliar en el departamento de matemática. Por supuesto que unos centavos de más me caerían de perlas, así que con prontitud acepté su invitación. No sabía entonces que esa decisión habría de cambiar mi rumbo para siempre. Desde mis años mozos como el Prof. Moreno, como todavía me dicen coloquialmente mis alumnos de secundaria, hasta la actualidad, en que comparto usualmente con estudiantes de posgrado, la posibilidad de orquestar lo que sucederá en clase me sigue ilusionando igual que el primer día. La planificación de cada sesión me reta a pensar en actividades que respondan a las metas y objetivos que nos hemos trazado, que sean significativas para los participantes, que les generen asombro, que estiren sus expectativas, que introduzcan prácticas estimulantes, que respondan a sus necesidades y que promuevan un sentido de pertenencia e identidad. El plan de clase busca equilibrio. Conlleva contemplar una dosis adecuada de disonancia, provocar ocasionalmente algún conflicto conceptual que saque a los participantes de su área de confort y buscar, casi siempre, situaciones placenteras que les inviten a mantener la atención y la expectación sobre lo que vendrá. Busco generar una comunicación abierta y una plataforma de cooperación, en donde todos aprendemos juntos. Un espacio que juegue con los tiempos y las transiciones, en donde está bien que sean los propios estudiantes quienes asuman el control. Los maestros tenemos esa posibilidad única de crear un ambiente para que las personas alcancen su máximo potencial, desarrollen su auto-conocimiento y auto-estima, participen activamente en su propio aprendizaje, colaboren con otros y encuentren lo que les mueve el suelo. Se trata de una de las profesiones de mayor impacto en la sociedad. Vaya si conlleva una enorme responsabilidad.

Hace algunos años encontré una reflexión de Donna Qualters, que se titulaba “Las Voces de los Estudiantes en la Clase”, con la cual comencé esta columna. Su mensaje captó mi atención y me impactó profundamente, pues descubrí que la imagen me era incómodamente familiar. Habiendo sido profesor universitario por muchos años y siendo parte del equipo encargado de la conducción de una institución de educación superior, pensé que, pese a la distancia y a las diferencias culturales, lo que Donna describía podía ser extrapolado con facilidad a nuestro contexto. Demasiadas aulas replicaban el mismo patrón: el profesor al frente del salón de clase, mientras que los alumnos permanecían pasivos, tomando apuntes y en silencio. Pensé que alterar ese esquema costaría mucho, pues la fuerza de la costumbre es muy poderosa. Exigía reenfocar nuestra visión de la educación y replantearnos nuestro rol. Estaba seguro que el mayor desafío sería ganar suficiente aviada para vencer la inercia y la resistencia al cambio.

Sin embargo, para mi sorpresa, en pocos años he sido testigo de enormes transformaciones. Hoy día, aunque siguen dándose los antiguos comportamientos, un recorrido por nuestras instituciones de educación superior nos hace ver que la inercia está siendo superada y que los paradigmas están cambiando. La imagen tradicional de las aulas sigue observándose, pero se ha ido desvaneciendo poco a poco. Cada vez es más frecuente hallar enfoques y arreglos innovadores de enseñanza, los cuales promueven no sólo una atención más personalizada, sino auténticas comunidades de aprendizaje, en donde todos interactúan. Los salones de clase, que combinan configuraciones más flexibles y recursos tecnológicos compartidos, hacen posibles aprendizajes activos, centrados en los alumnos. Despiertan la creatividad y aprovechan la interconectividad. Ello permite dar una mejor respuesta a las características, intereses y necesidades de aprendizaje de los grupos. Se ha abierto un mundo nuevo de posibilidades. Es evidente que las voces de nuestros estudiantes están cobrando vida y que se oirán cada vez más en nuestras aulas.