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Publicación semanal El Periódico

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Rodolfo Paiz Andrade

Un guatemalteco extraordinario.

Era incansable e imbatible. Las horas del día se estiraban para dar cabida a las miles de cosas que tenía en agenda. Supongo que parte del secreto de su energía eran las champurradas que tanto gozaba, que le daban fuerza extra para esas jornadas interminables. Vivió con pasión e intensidad. Sus ideas se adelantaron a su época, por lo que muchas veces no encontraban eco o generaban disonancia. Poseía una mente brillante, que desafió muchos paradigmas. Fito aparecía en escena como un torbellino. Cuando se aproximaba con un proyecto, uno sabía que era mejor sumarse, pues él no dejaría de insistir hasta que uno comprendiera y comprara su planteamiento. Eso no siempre era sencillo, pues él alcanzaba a ver el mundo de una manera mucho más integrada y menos fragmentada que la mayoría del resto de personas. Tenía una visión sistémica, que le permitía no sólo ver las piezas aisladas, sino cómo encajaban o cómo podrían ensamblarse mejor las unas con las otras. No todos podemos conectar los puntos así. Confiaba en el poder transformador que poseemos cada uno de nosotros, instándonos a buscar siete soluciones a cada problema, desde las más evidentes hasta las más ingeniosas. Estaba convencido de que trabajando juntos, en el mejor y más auténtico sentido de espíritu comunitario, llegaríamos más lejos. Motivaba a las personas a organizarse y hallar “el tesoro” que impulsaría el desarrollo local. El servicio fue siempre un denominador común para él, su hermana y sus hermanos; fiel reflejo de los valores del hogar que los forjó como ciudadanos de bien. Aunque todos descollaron como empresarios exitosos, ello nunca fue suficiente. Más allá de su bienestar particular, esta familia ha encontrado siempre el tiempo y la forma para poner su talento y recursos al servicio de distintas buenas causas en nuestra sociedad.

Una de sus amigas y colaboradoras me dijo: “Fito tenía la cualidad única de descubrir el potencial en las personas, muchas veces algo que el propio individuo no sabía. A él no le bastaba lo que estaba en la superficie, a simple vista, lo que veía todo el mundo. Su pregunta característica era “Cómo está tu corazón”, ayudando así a las personas a encontrar su razón de ser, sus talentos y aquello que las haría brillar con intensidad. Y cuando llegaba el momento, las motivaba a confiar en sí mismas para materializar sus sueños. Tenía una fe ciega en la gente buena, apostando siempre a que contribuirían al desarrollo de Guatemala. Poseía un corazón inmenso y una sencillez que trascendía las barreras.”.

Nuestros caminos se cruzaron varias veces. Nuestra relación se estrechó aún más hace una década, cuando contrajo matrimonio con Arabella, una hermana para mi esposa y para mí. Tenían todo un mundo en común y un plan de vuelo lleno de ilusiones, pero el destino les deparó grandes retos. Los últimos seis años se vio enfrentado a una prolongada enfermedad, situación que nos permitió a todos confirmar su carácter, tesón y apego a la vida. Lo vimos luchar incansablemente junto a la Ara para seguir adelante, venciendo muchos pronósticos en su contra. No restó nada que intentar. A pesar de estas vicisitudes, se hicieron felices mutuamente, como una pareja destinada a ser. Lamentablemente, no logró salir avante de la última batalla que libró. Su partida hizo revivir anécdotas de innumerables personas cuyas historias tocó positivamente y sacó a luz el testimonio de muchas causas, organizaciones y comunidades que benefició. Su legado fue inmenso. Celebramos su vida. Su amor por Guatemala es un ejemplo a seguir. Descansa en paz, Fito-o.

Roberto Moreno Godoy