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Publicación semanal El Periódico

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¿Un Parche más al Sistema Educativo?

Se fragua un sabotaje a nuestra niñez.

La Ley de Educación Nacional, Decreto 12-91 del Congreso de la República, fue emitida al final del gobierno demócrata cristiano. Se pensaba que la iniciativa serviría de catalizador para la necesaria reforma del sector, siendo el asidero para una educación moderna, pertinente y de calidad. Sin embargo, como sucede tantas veces, las buenas intenciones fueron atropelladas por la coyuntura. Su aprobación se llevó a cabo en pleno proceso electoral, asfixiando al proyecto en un mar de intereses. Varios apostaron infructuosamente a que la rápida negociación de esta ley sería un instrumento político de gran utilidad, que ayudaría a los candidatos a congraciarse con el gremio magisterial y con otros actores. Ello aniquiló la oportunidad de que la misma sentara las bases para volver la educación un proyecto de nación. El decreto fue publicado apenas dos días antes de la toma de posesión del nuevo gobierno. Aún recuerdo que esta era una de las mayores inquietudes de la Licda. Maria Luisa Beltranena de Padilla cuando fue designada Ministra de Educación, pues la ley no sólo no había sido consensuada y analizada con la profundidad que merecía, sino que muchos alertaban que adolecía de varias inconstitucionalidades. Además, el proyecto era visto como una victoria gremial, lo cual hacía inviable modificarlo en el corto plazo. De hecho, 25 años después de su publicación y contándose desde hace tiempo con el diseño de la reforma educativa, esta revisión integral aún sigue pendiente.

En las últimas décadas, algunos diputados han intentado impulsar enmiendas parciales a este decreto para colar un asunto de su interés o para responder a demandas de sus correligionarios. Uno de los últimos intentos se dio en el 2013. Su única consigna era frenar la reforma de la formación inicial docente aprobada por el Ministerio de Educación con el respaldo de la Asamblea Nacional del Magisterio en el 2012. Se pretendía por esta vía meter zancadilla a las autoridades educativas y resucitar la abolida carrera de magisterio de primaria en el nivel diversificado. Es inaudito que los padres de la patria pudieran siquiera considerar el dar marcha atrás en una reforma tan trascendental. Guatemala tardó décadas para requerir que los futuros maestros fueran formados a nivel superior. Esta ruta, en la que nos llevan la delantera los demás países del continente, tiene una razón de ser: no podemos asegurar que nuestros niños obtendrán la formación que merecen si no garantizamos que sus maestros cuentan con la preparación necesaria para realizar su labor. Solamente su paso por las aulas universitarias permitirá a los docentes del mañana estar expuestos a las más modernas corrientes educativas y psicológicas, participar en investigación, seguir el desarrollo de la ciencia, actualizarse en el manejo de las tecnologías y tener acceso a las mejores prácticas educacionales.

Los tambores de guerra suenan de nuevo. Se escucha que hay un grupo de diputados a quienes les han vendido la idea de revivir la iniciativa para modificar la Ley de Educación Nacional, con el objetivo de revertir lo resuelto por el MINEDUC en cuanto a la formación de los maestros. Ello sería un enorme retroceso. Hay que cuestionarse qué intereses están jalando la palanca para actuar en detrimento de los derechos de nuestros niños. El Presidente y la Junta Directiva del Congreso de la República, las distintas bancadas y, en especial, la Comisión de Educación, Ciencia y Tecnología deben evitar que se caiga en esta trampa. Todos debemos estar atentos para impedirlo. ¿Puede Guatemala seguir pagando los costos de una educación deficiente? ¿Podemos darnos el lujo de repetir lo que se ha establecido en otros espacios que no funciona? ¿Es el bienestar de nuestros menores el foco de la atención de los legisladores?
La Ley de Educación Nacional merece una revisión integral, pues el sistema educativo no aguanta más parches. Nuestro rezago educativo no podrá ser superado si seguimos caminando un paso para adelante y tres para atrás. Volver al pasado sería sabotear el futuro de nuestra niñez.

Roberto Moreno Godoy