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Publicación semanal El Periódico

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¿Aceptaría usted un cargo en el Gabinete?

Necesitamos más funcionarios buenos

La crisis nacional y la transición de gobierno demandan más que nunca llevar a los mejores talentos a la gestión pública. El sábado, con la renuncia de los Ministros de Educación y de Economía, así como del Comisionado Presidencial de Competitividad, seguida del anuncio de la eventual salida de otros altos funcionarios, el Gabinete perdió algunos de sus mejores integrantes; personas competentes y probas, que dieron un giro en su vida durante los últimos cuatro años para aportar a Guatemala.

El servicio público está desacreditado, lacerado por los que han llegado a servirse, en lugar de servir. Lamentablemente, eso provoca que todos los servidores públicos, indistintamente de sus trayectorias e integridad, estén expuestos a desconfianza y a un escrutinio inmisericorde, que no hace distinción entre buenos y malos funcionarios. Para quienes su única motivación es aportar al país, la ruta es cuesta arriba. Ejecutar los programas es sumamente complicado, encontrándose no solo maniatados por un régimen administrativo y legal obsoleto, que entrampa los procesos, sino enfrentados a la falta de recursos y a múltiples presiones. Se apuntaron a una carrera frenética, en la que todo urge para ayer, en la que nadan mucho tiempo en contra de la corriente. Las palabras de ánimo de quienes les motivaron a participar se disiparon rápidamente, dando paso a una rara sensación de vacío, en la que la soledad es muchas veces la única compañera en las noches de insomnio. Están sometidos a los vaivenes políticos y a la polarización en que está enfrascada nuestra sociedad. Abundan agendas encontradas, intereses ocultos y detractores. No falta quién les ponga una cascarita. Finalmente, basta un plumazo, un editorial sin fundamento o un comentario ligero de algún columnista para echar lodo a una persona decente.

No acostumbramos agradecer la labor de los buenos servidores públicos, a pesar del enorme sacrificio personal y profesional y del riesgo que dicha función conlleva. Somos propensos a opinar desde la palestra. Nos quitamos la palabra para criticar lo actuado. Siempre hay un pelo en la sopa. Hacemos gala de nuestra sabiduría para señalar sus errores, sin siquiera habernos mojado los tobillos. Es cómodo no tener cuentadancia y quedarnos viendo, tras la vitrina, a la expectativa de que se equivoquen o que digan algo fuera de lugar, para lanzar los dardos más envenenados. Esos buenos guatemaltecos que convencimos a participar pronto se dan cuenta de porqué el anda pesa tanto: se quedaron cargando solos en la procesión.

Debo terminar mi columna refiriéndome a Cynthia del Águila, distinguida profesional que ha dedicado su vida a la educación. En los últimos años, como Ministra de Educación, enfrentó todos los posibles desafíos que acompañan a la administración pública. Tuvo el coraje de hacer frente a cambios indispensables e impostergables en la educación nacional. Ella será recordada, entre varios otros logros, por haber promovido la lectura en todas las escuelas y por haber concretado la reforma de la formación inicial docente, requiriendo que los maestros se formen mejor. Cynthia personificó lo que significa ser un buen servidor público. Hace unos días la fuente frente a su Despacho se vio cubierta de flores, mientras los trabajadores del Ministerio la despedían con cariño y le externaban su reconocimiento por un trabajo bien hecho. ¡Gracias!

 

Roberto Moreno Godoy