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Publicación semanal El Periódico

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“Las mariposas ya no viven aquí”

Un llamado a la comprensión y a la tolerancia.

La travesía comenzó con la celebración de un matrimonio. Siguió con el traslado a los ghettos y concluyó en pleno campo de concentración. La algarabía de los niños, que realzaba la alegría de la boda, se desvaneció súbitamente, para dar paso a una desoladora caminata de personas, maleta en mano, obligadas a dejar atrás sus hogares y pertenencias. El hacinamiento y carencias que sufrieron a continuación fueron apenas la antesala de una espantosa pesadilla. Fueron despojados de todo; desde sus raíces, bienes e intimidad, hasta de sus seres más queridos. Enormes ganchos puntiagudos, que bajaron del techo y en donde fueron colgadas sus prendas personales, ayudaron a visualizar aquello que les fue arrebatado. Su angustiosa pelea por una barra de pan hizo palpable los extremos a los que conducen la presión y el hambre. El constante acoso de perros, aullando y asediando a sus víctimas, el estridente sonido de altoparlantes y un baño de aserrín emulando cenizas, ilustraron los castigos físicos y psicológicos a los que fueron sometidas las personas, violentando su dignidad y sus derechos fundamentales. Las Mariposas ya no viven aquí fue presentada el jueves de la semana pasada, gracias al apoyo de la Comunidad Judía de Guatemala. Esta obra de danza, centrada en el Holocausto, es un claro llamado a la comprensión y a la tolerancia.


Hace varios años tuve la ocasión de visitar Dachau, pequeño pueblo bávaro a escasos kilómetros de Múnich, donde operó uno de los primeros campos de concentración nazi. Una fábrica de municiones en desuso fue convertida en un “centro modelo”, cruel y eficaz, al servicio de esta denigrante causa. Ahí, por más de una década, miles de prisioneros de diversa procedencia fueron sometidos a trabajos forzados, maltratos aniquiladores y experimentos médicos poco éticos. Se estima que más de 30 mil personas perdieron la vida en el lugar. Sin embargo, más allá de estos vejámenes, que contravienen la esencia misma de la humanidad, quizá el testimonio más horrendo del sitio sea la imagen de los vecinos de los alrededores del campo, cuando el mismo fue liberado en 1945, visitándolo y pretendiendo asombro, al constatar lo sucedido a la vuelta de su casa. La persecución a un grupo de personas por ser diferentes, por sus creencias, ideología u orientación sexual, por ser enemigos políticos o por pertenecer a una cultura determinada es algo que se ha dado una y otra vez en la historia. La intolerancia ha sido caldo de cultivo de odio, discriminación y hostigamiento. Sin embargo, su materialización solo ha sido posible debido a la indiferencia de los demás. El silencio permisivo y encubridor de personas y pueblos ha sido cómplice de la persecución sufrida por millones de personas. Por ello, no basta con creer en la tolerancia, la comprensión y en la igualdad. Nadie debe permanecer impávido ante la falta de las mismas.

 

Roberto Moreno Godoy