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Publicación semanal El Periódico

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¿Invertimos suficiente?

La educación debe ser una prioridad nacional.

 

Hace algunas semanas asistí a una conferencia sobre el financiamiento de la educación que Alejandro Morduchowicz, especialista del Banco Interamericano de Desarrollo y ex viceministro de Educación de Argentina, realizó en la Universidad del Valle. La actividad contempló un interesante análisis en torno a cómo se financia la educación en distintas latitudes. El experto resaltó que nuestro país asigna una fracción considerable del presupuesto nacional al sector y que los recursos para educación han aumentado significativamente desde la firma de los Acuerdos de Paz. El Ministerio de Educación, la Universidad de San Carlos de Guatemala, las Municipalidades y otros entes gubernamentales destinarán este año cerca de US$1,600 millones a actividades y programas educativos, lo cual constituye cerca de una quinta parte del presupuesto total. Sin embargo, pese al enorme esfuerzo realizado, ello representa solamente alrededor del tres por ciento del Producto Interno Bruto (PIB), apenas la mitad de lo que la UNESCO recomienda situar para educación. 

Los recursos que se asignan a determinado sector reflejan su relevancia en la agenda nacional. Lamentablemente, Guatemala está entre las naciones que menos aportan a la educación. En nuestro caso, solo una pequeña fracción de la riqueza generada en el país, medida en términos del PIB, es devuelta para la formación de los pobladores. A mi juicio, esto es erróneo, pues la educación no representa un gasto, sino que constituye una inversión en el futuro. La falta de recursos tiene repercusiones serias, pues el grueso de los fondos actuales apenas alcanza para cubrir salarios y otros gastos recurrentes, pudiéndose dedicar poco a las múltiples necesidades de infraestructura existentes, a la ampliación de cobertura, a la mejora de la calidad, a tecnología o para el lanzamiento de nuevos programas y modalidades.

La plática del licenciado Morduchowicz desencadenó una serie de cuestionamientos. ¿Cuál es el costo de oportunidad de no invertir más en educación? ¿Es factible lograr la ampliación presupuestaria requerida, en tanto la recaudación fiscal no suba? ¿Cómo se puede persuadir a los principales líderes políticos que la inversión en educación vale la pena, aunque sus réditos solo se perciban en el largo plazo? ¿Qué se puede aprender del análisis de las tasas de retorno a la educación? ¿Qué estrategias son más costo-efectivas? ¿Cuál es el costo anual por alumno atendido? ¿Qué debe hacerse para lograr una mayor eficiencia interna y así evitar el desperdicio de recursos? ¿Permitirá una mayor asignación al sector la movilidad social que se espera o terminará reproduciendo las desigualdades existentes? Con toda seguridad hay mucha tela que cortar. Lo único evidente es que nuestro progreso depende de la prioridad que demos a la educación.

 

Roberto Moreno Godoy