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Publicación semanal El Periódico

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Niños de Navidad

El rostro de la pobreza.

La fría mañana de diciembre sirve de escenario para el viaje de la ciudad al altiplano occidental del país. El ajetreo de la salida de la capital y la complicada travesía por Chimaltenango, que siempre parece eterna, dan paso a un segmento más tranquilo y pintoresco en la Ruta Interamericana. Esta mañana no está despejada. La neblina asoma de pronto, dificultando la visibilidad y forzando a los pilotos a clavar la mirada en la cinta asfáltica. Ajeno al panorama habitual, en medio del frío, la llovizna y la nubosidad del sitio, decenas de pequeños niños y niñas comienzan a aparecer a la orilla del camino, hasta hacer notoria su presencia. En pares, tríos o grupos pequeños se aglutinan cerca de la autopista, aguardando con expectativa a quienes transitan por el lugar. Mientras los vehículos se aproximan, los pequeños gesticulan y saludan a sus tripulantes, agitando las manos. Sonrientes, los menores esperan con atención su reacción, listos para correr a su encuentro de ser necesario. Al llegar a mi destino, pregunté sobre lo observado. Me respondieron que se trataba de los niños de Navidad. Una escena característica de esta época desde hace algunos años. Muchos niños se instalan en la carretera con el afán de solicitar regalos, juguetes o dulces a los turistas, visitantes y lugareños que pasan cerca de sus comunidades. 

Para algunos, el evento es una manifestación más del espíritu navideño, que permite tender puentes entre personas que ordinariamente no se encontrarían. Para ellos, el calor de la época navideña permite superar barreras culturales, de idioma y de clase social. Lo ven como una oportunidad para que aflore la bondad en las personas. Una forma de aminorar, aunque sea momentáneamente, algunas de las muchas precariedades que enfrentan los pequeños. Para otros, se trata de una práctica equivocada, que debe ser erradicada, pues no solo atenta contra la seguridad y dignidad de los menores, exponiéndolos a las inclemencias del tiempo y a la inseguridad propia del camino y del contacto con foráneos, sino enseña a las personas a mendigar. Algunos otros consideran que tan solo se trata de un reflejo de las grandes disparidades de nuestras sociedades. 

Al margen de la posición e ideología de cada quien, el fenómeno de la Ruta Interamericana en diciembre descubre nuestra realidad, desnudando la pobreza arraigada en las comunidades rurales y evidenciando la vulnerabilidad de los más pequeños. Nuestra sociedad no debe conformarse con ello. Los menores merecen estar expuestos a mejores condiciones y contar con otras posibilidades.

Roberto Moreno Godoy