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Columna de opinión publicada en ElPeriódico


“Rita Levi-Montalcini”

La joven, al igual que muchos otros, seguirá sus pasos.

Siendo muy joven dijo que su deseo era estudiar genética. Siempre le entusiasmó la ciencia, por lo que a ninguno le sorprendió su determinación. Cuando apenas tenía 12 años hablaba de estudiar biología. Más adelante, el estudio de la química también le intrigó, por lo que la combinación de ambas ciencias, aunado a la posibilidad de aplicar los conocimientos para ayudar a otras personas, era una ruta profesional poderosamente llamativa. Vio hacia abajo, sus manos cubiertas con los pulcros guantes blancos. Dos máquinas perfectas y precisas que apenas podían trabajar en la diminuta superficie del portaobjetos. Un error tiraría por la borda todo el esfuerzo. Como un robot, mecanizado, sin sentimientos, desechó todo pensamiento ajeno y continuó su labor. Fue la tercera vez que había soñado con esta mujer, desde que su mamá le contó acerca de ella. Días atrás la llamó con insistencia para que llegara a ver la presentación. Ven, le dijo, sé que esto te va a gustar. Llegó a regañadientes, pues qué podría interesarle de la historia de una anciana de Turín. Pronto se dio cuenta que el incidente había marcado su destino. 

 

Rita Levi-Montalcini era una científica excepcional, tenaz y apasionada con lo que hacía. Supo lidiar con múltiples obstáculos, desde la resistencia de su propio padre a que una mujer fuera a la universidad, pasando por su ascendencia judía en plena Segunda Guerra Mundial en Europa. Lo que había logrado era sorprendente. Su frágil apariencia, a sus más de cien años, no restaba brillo a su mirada, aún llena de luz, sabiduría y fuerza. En las épocas más difíciles convirtió su cuarto en un laboratorio para estudiar tejidos nerviosos en embriones de pollos. Recibió múltiples reconocimientos, entre ellos el Premio Nobel de Medicina, junto a uno de sus colegas de la Universidad de Washington en San Luis, Misuri. Su investigación revolucionó la comprensión de los mecanismos que regulan el crecimiento de células y órganos, iluminando el entendimiento del cáncer, el Alzheimer y otros padecimientos. No había duda alguna. Quería ser como ella. 

 

El domingo falleció la connotada académica, quien deja un inmenso legado. Aparte de su fecunda contribución al desarrollo de la ciencia y de la medicina, seguirá siendo fuente de inspiración a la joven y a todos aquellos que sueñan con que esas manos, cubiertas con impecables guantes, sean las de ellos.

 

Roberto Moreno Godoy