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Columna de opinión publicada en ElPeriódico


Embarazo precoz

¿Qué futuro queremos para nuestros hijos?

 

¿Cuántas veces ha pedido usted que sus hijas e hijos tengan mejores oportunidades que las que usted ha encontrado? Soñamos que estén mejor preparados, que la vida les presente menos obstáculos y que no les toque tan duro como a nosotros. Vemos en ellos la posibilidad de llegar más lejos y de ser mejores. Cuando van creciendo, se nos ilumina el rostro cuando dicen que quieren ser doctores, maestros o ingenieras. Sin embargo, más allá de la claridad de nuestros anhelos, hay muchos obstáculos que se interponen entre los sueños y la realidad. Uno de ellos, de acuerdo con una noticia publicada por este medio el 2 de mayo pasado, es el embarazo adolescente. Según la nota, 23 de cada 100 mujeres embarazadas son menores de edad. ¡Muchas de ellas son niñas de apenas entre 10 y 14 años! Una alta proporción deben enfrentar solas la situación, presentan embarazos de alto riesgo y deben abandonar los estudios. Esto confirma la cruda situación que afecta a muchas niñas y adolescentes en todas las regiones del país. Las causas detrás de este problema son incontables; falta del padre o madre, situación socioeconómica del hogar, violación, baja escolaridad, ausencia de valores, presión de grupo, influencia de los medios de comunicación, falta de prevención. 

 

En algunos países sostener una relación sexual con una niña menor de edad se cataloga y castiga como una violación, porque una niña, y con mucha más razón jovencitas de 14 años o menos no tienen la madurez necesaria para meditar en las implicaciones de una actividad sexual, mucho más cuando su pareja es mayor de edad. No es fácil hallar una solución para un problema tan complejo. La educación constituye una parte medular del esfuerzo. Las mujeres con mayor escolaridad presentan, en general, mejores indicadores. Adicionalmente, a pesar de la polémica que pudiera generar, la educación sexual también constituye una estrategia importante para informar y advertir a los escolares respecto de las implicaciones de sus actos. Los padres harían bien en seguir de cerca estos programas y si en su escuela no hay, promoverlos, respetando los valores de nuestra sociedad. A muchos de nosotros no se nos permitió hablar o no supimos cómo abordarlo. Hoy, si no lo hablamos con nuestros hijos, el peligro es que sea la televisión o los compañeros quienes dicten las pautas. De no hacerlo, los sueños de todos pueden ser truncados.

 

Roberto Moreno Godoy y Dilia Morales (*)
(*) Estudiante, Maestría en Currículo UVG.