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Columna de opinión publicada en ElPeriódico


Todo empieza con un sueño

La Fundación Juan Bautista Gutiérrez ayuda a forjar agentes de cambio. 

Está sentada en primera fila, acompañando a los jóvenes que recibirán distinciones académicas en la casa de estudios.  Aunque ninguno de ellos es su familiar, los quiere como si fueran sus propios hijos.  Doña Isabel no se pierde estas importantes celebraciones.  Para ella es el día de cosechar lo sembrado. Ama profundamente a su país y está convencida de que Guatemala será otra cuando todos los jóvenes talentosos tengan acceso a mejores oportunidades.  Esta convicción ha guiado sus pasos y marcado su vida. 

En un día soleado usted ve a un agricultor trabajando en una parcela junto con su pequeño hijo. ¿Qué pensaría acerca del futuro del menor? Muchos anticiparán que el niño está destinado al mismo oficio. Pocos lograrán reconocer en él al próximo Albert Einstein, al presidente de Guatemala, a un prominente  empresario, al maestro  o a aquel ingeniero que, agradecido con Dios y la vida, pueda ayudar a la sociedad.  ¿Por qué nos resulta tan difícil ver más allá? Para muchos esto es una utopía. Piensan que la falta de recursos predetermina el rumbo de las personas. Incluso los padres infunden en sus hijos conformismo y promueven la noción de que siempre serán pobres. Aún así, muchos de estos jóvenes se han atrevido a soñar y han salido adelante. Para lograrlo han encontrado valiosos soportes en su camino. La Fundación Juan Bautista Gutiérrez es uno de ellos.

La Fundación, inspirada en el ejemplo de su presidenta, doña Isabel Gutiérrez de Bosch, entiende claramente que su función no consiste en regalar dinero o comida. Su obra refleja el espíritu del proverbio chino: “Regala un pescado a un hombre y le darás alimento para un día, enséñale a pescar y lo alimentarás para el resto de su vida”. Para ello, cada año  selecciona a algunos de estos jóvenes soñadores y los apoya a cambiar sus vidas, brindándoles la oportunidad de cursar una carrera universitaria.  Más allá del acceso a una formación de calidad, los beneficiarios han encontrado en la fundación y en doña Isabel a una nueva familia, que los acompaña en las buenas y en las malas.  Alguien que confía en ellos y apuesta a su futuro. La fundación cuenta con cerca de 30 egresados, quienes además de ser profesionales exitosos, atestiguan que los sueños se pueden materializar. Hijos de agricultores pobres ahora son parte de grandes empresas. Niños que crecieron jugando fútbol en una aldea olvidada, se sientan hoy a discutir asuntos trascendentales con los principales líderes de nuestra nación.  Jóvenes que hacen a sus familias y a su comunidad participes de sus anhelos y de sus éxitos.    

 


 
 

 

Por Roberto Moreno Godoy