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Columna de opinión publicada en ElPeriódico


Acoso escolar

Un problema que atañe a la familia y a la sociedad.

Nuestra sociedad está cada vez más convulsionada por la violencia. Los centros educativos no son ajenos a esto y sirven como una caja de resonancia de lo que acontece a su alrededor. Alarma ver cómo situaciones de acoso e intimidación se han convertido en territorio ordinario en los mismos, exponiendo a niños, niñas y jóvenes a hostigamientos y vejámenes.

Está claro que el  bullying no se origina en la escuela ni se experimenta solo ahí.  Tampoco nace de un día para otro, ni por arte de magia. Se va gestando  desde el momento en que el agresor busca y encuentra  cómo desahogar su propio sufrimiento. Esto se convierte en un perverso ejercicio del poder, que deja marcas indelebles en todos los involucrados.  En el acosado se mina la autoestima, se pierde el interés, se experimenta depresión, ansiedad y angustia, incluso puede generar pensamientos suicidas.  En el acosador se enraíza  la frustración, la rabia, el desconsuelo.  Sufren tanto la víctima como su victimario y alcanza a quienes los rodean.

Para erradicar el acoso escolar no basta con promulgar leyes e impulsar programas.  Tampoco es suficiente que directores, maestros, padres de familia y alumnos mantengan un ojo avizor en lo que pasa en salones de clase, pasillos, baños y patios de los establecimientos. La única manera de hacer que el bullying desaparezca es arrancar el mal desde su raíz.  Debemos aprender todos –padres, hermanos, tíos, primos, abuelos, amigos, compañeros y maestros– a respetar a los otros y a no descargar nuestra insatisfacción en los demás.   El bullying se incuba en el propio hogar. Nace del desamor y de agresiones.  Germina en ambientes poco afectivos, exageradamente exigentes o demasiado flexibles. Se nutre de conductas inadecuadas,  modeladas y permitidas en casa. 

Como padres debemos aprender a corregir sin alzar la voz,  ni infringir golpes, fomentar el amor y el respeto  entre hermanos y evitar hacer comparaciones.  No podemos delegar nuestra responsabilidad de formar a nuestros hijos en terceros. Como docentes, necesitamos estar más alertas, preocuparnos más por nuestros estudiantes, ser empáticos y solidarios,  prestar atención a los detalles y enseñar con el ejemplo. Como compañeros o amigos es preciso que fomentemos la confianza,  que propiciemos  la tolerancia y que ayudemos a prevenir estos lamentables incidentes.  Es urgente que nos demos  tiempo para entablar una buena comunicación e indagar sobre lo que está ocurriendo en la vida de nuestros niños.

 


 
 

 

Por Roberto Moreno Godoy