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Columna de opinión publicada en ElPeriódico


36 Semanas

La educación conlleva una enorme responsabilidad.

Aunque la “responsabilidad social” es una frase acuñada en empresas, la misma puede ser extendida a todos los miembros de una sociedad. Indistintamente de las riquezas naturales y de sus ventajas competitivas, podríamos enumerar muchas diferencias entre los países en vías de desarrollo y aquellos considerados como potencias mundiales.

Uno de los ingredientes que nunca falta en la ecuación es su capital humano. Por ello, sin lugar a  duda, si se quiere atacar desde la raíz muchos de los problemas que nos aquejan, todos debemos dirigir esfuerzos a la educación de nuestra niñez y juventud. Y cuando decimos  todos, incluimos no solo a las instituciones educativas, maestros y autoridades educativas, sino a las familias, organizaciones religiosas, Estado,  empresarios y demás sectores.  La posibilidad de ofrecer a los habitantes del país una educación pertinente y de calidad, requiere del respaldo de todos. El inicio del ciclo escolar ha evidenciado la complejidad que ello representa.  Por un lado, los mecanismos y el financiamiento del Estado denotan enormes limitaciones.  Por aparte, la presión del gremio magisterial se ha hecho sentir, mediante la primera marcha y suspensión de labores del año.

Muchas demandas del sector magisterial parecen genuinas.  Debemos respaldar aquellas políticas y acciones que favorezcan que los mejores maestros lleguen a las escuelas y que gocen de condiciones dignas de empleo y de vida.

Debemos perseguir que los programas de apoyo, incluidos textos, útiles, fondos de gratuidad y alimentación escolar, lleguen de manera suficiente y oportuna a los salones de clase.  Asimismo, los esfuerzos por mejorar la calidad de la educación, la profesionalización docente, la promoción de la lectura, la incorporación de la tecnología al aula y la búsqueda de una gestión escolar eficiente merecen el apoyo ciudadano. Sin embargo, no se debe acuerpar movimientos que conlleven la pérdida de clases. Una y otra vez, la historia nos ha demostrado que un alto porcentaje de los 180 días de clases se pierde cada año, debido al cierre de escuelas. Ello tiene resultados nefastos en los estudiantes. ¿Cómo se pretende que su formación sea adecuada, cuando invierten tan poco tiempo en la escuela?  180 días equivalen a 36 semanas y estas a 9 meses. ¿Si la naturaleza nos ha enseñado que se necesitan 9 meses para que un niño se forme biológicamente bien, será suficiente un tiempo afín cada año para que se forme intelectualmente? Debemos recordar que los maestros enseñamos más con el ejemplo que con la pizarra. ¿Qué pensará un niño si al llegar a su aula después de tanto caminar su maestro no está?  La educación es una inmensa responsabilidad.

(*) Estudiante Maestría en Docencia Superior, UVG

 

Por Roberto Moreno Godoy