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Columna de opinión publicada en ElPeriódico


La Audición

Las pruebas difíciles fortalecen a las familias.

 

La jovencita de 13 años se presentó a la escuela para participar en la audición para la orquesta. Sentía mariposas en el estómago. Mientras llegaba su turno, repasó mentalmente las dos piezas escogidas para la ocasión. Finalmente la llamaron. Tocó la primera melodía con algunas equivocaciones, pero se lució al interpretar la segunda. Cuando los jueces publicaron la lista de los escogidos constató que ella no había superado la prueba. Aun así, no estaba lista para darse por vencida. “El próximo año podré participar de nuevo“, sentenció. “Mis papás están muy orgullosos de mi esfuerzo y, aunque no lo logré esta vez, sé que hice un buen papel.” La familia de esta joven se trasladó a Estados Unidos, antes de que ella cumpliera un año. Ya balbuceaba algunas palabras y parecía que pronto se soltaría a hablar. Todo era normal hasta los 18 meses. A partir de ese momento surgieron cambios alarmantes. Dice su mamá que fue como si alguien se hubiera llevado a una bebé feliz y juguetona y en su lugar hubiera dejado a otra, irritable y frustrada, incapaz de comunicar sus deseos, necesidades y sentimientos. La vivaz pequeña se volvió retraída y sus llantos degeneraron en asiduos berrinches. No hacía contacto visual con otros, se enfadaba con facilidad y parecía estar atrapada en un mundo distante. Cualquier cambio de rutina le afectaba agudamente, no consentía que la acariciaran y se mecía frente al televisor, mientras veía la misma película. Luego de ensayar infructuosamente las recomendaciones de varios especialistas, finalmente una psicóloga diagnosticó que la niña presentaba un cuadro de trastorno severo del desarrollo, una de las variantes del autismo. Les hizo ver que probablemente tendría grandes impedimentos y que quizás no lograría valerse por sí misma. Ese día cambió sus vidas para siempre. Después de superar el impacto del anuncio, sus padres iniciaron un trabajo incansable. Aprendieron todo cuanto pudieron sobre el tema. A las terapias en casa, se añadieron medicamentos y, más adelante, un esfuerzo combinado con la escuela. Su mamá pensó que nunca oiría su voz, pero ahora hay que callarla a ratos, pues habla demasiado. Esta semana recibieron una nota de su maestra de matemática, felicitándoles por su rendimiento y desenvolvimiento en clase. La historia evidencia cómo la preparación, la constancia y el amor, ayudan a superar cualquier valladar, inclusive el reto de tener en casa a un niño autista. En nuestro país hay muchos hogares que atraviesan por una situación similar. A aquellos que tienen de frente esta dura batalla, solo puedo decirles: párense firmes, derrochen paciencia y amor.


 
 

 

Por Roberto Moreno Godoy